Un día se me hizo tarde para ir al trabajo y tuve que tomar taxi. Paré uno y me quiso cobrar una locura, así que no lo tomé. Detrás estaba otro taxista y se acercó. A continuación el enriquecedor diálogo que tuve con él (obviamente estoy siendo irónico):
- Buenos días, a Miraflores
- ¿Cuánto paga hasta allá?
- ¿Y usted cuánto me cobra?
- ¡Qué! ¿Acaso me va a pagar lo que le quiero cobrar?
- ¿Y acaso me va a cobrar lo que yo quiero pagar?
- ¡Ojalá nunca tenga que hacer taxi!
- ¡No me haga perder mi tiempo que voy a llegar tarde al trabajo!
Acto seguido, paró otro taxi, me dijo un precio, lo bajé en un par de soles y subi tranquilo.
Mi interpretación de la conversación es que ese señor no quiere ser taxista, nunca lo quiso, y las circunstancias lo han obligado. Seguro se ha quedado sin chamba, pero es obvio que no tiene la vocación de taxista. Entonces ¿por qué no se busca otro oficio y deja de jorobar a sus potenciales clientes? Porque si trata a todos así, no creo que le vaya muy bien en el día a día. Señor, si me llega a leer, ¡hágase un test vocacional!
No hay comentarios:
Publicar un comentario